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Consensos para una educación de calidad: Reflexiones luego de las Pruebas Aprender

Los resultados de las Pruebas Aprender demostraron, cuantitativamente, la grave situación que vive el sistema educativo argentino, y por ende, el futuro del país. En esta nota se analizan los resultados, se identifican sus causas y se plantean necesidades para alcanzar el ODS 4: Educación de calidad.


Foto: Educrear

El 6 de diciembre de 1991 se puso fin al Estado educador que había normatizado la política argentina por más de 100 años. La aprobación de la Ley N° 24.049 transfirió las escuelas secundarias –hasta entonces bajo la jurisdicción del Estado nacional– a las provincias y a la entonces Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires. De esta forma, se completaba un traspaso educativo que había comenzado con el Decreto-Ley N° 21.809, de la última dictadura 21.809, que había transferido las escuelas primarias en 1978.


Estas transferencias fueron en cuanto a obligaciones y responsabilidades, no en cuanto a recursos económicos. ¿El resultado? 24 sistemas educativos autónomos con ciertas características comunes, condicionados por el PBI de cada provincia y sus políticas locales, sumado a un Ministerio de Educación de la Nación sin escuelas y con grandes imposibilidades para dictar lineamientos básicos al sistema. Posiblemente aquí comenzó una debacle del sistema educativo argentino que, junto con la crisis del 2001, instauró una migración hacia la escuela privada.


Las Pruebas Aprender 2021 demostraron, cuantitativamente, la grave situación en que se encuentra el sistema educativo argentino. El Ministerio de Educación relevó a alumnos y alumnas de 6to grado en las materias de Lengua y Matemática. Estas pruebas ya se habían realizado en el 2013 –en ese entonces, bajo el denominado “Operativo Nacional de Evaluación” (ONE)–, 2016 y 2018. Los resultados evidenciaron que en el área de Lengua estamos en el peor momento desde que comenzaron a realizarse las evaluaciones. Todas las provincias empeoraron sus rendimientos en comparación con la situación anterior a la pandemia del COVID-19. En términos generales, el promedio indica que solo 2,2 de cada 10 niños comprenden de manera avanzada lo que leen.

Fuente: La Nación

Radiografía de la educación argentina al día de hoy


El Observatorio Argentinos por la Educación presentó un informe que desagrega por provincias los datos presentados por la Secretaría de Evaluación e Información Educativa, (dependencia del Ministerio de Educación de la Nación). En cuanto a Matemáticas, las provincias con los peores resultados fueron Chaco (39,8%), Catamarca (39,9%) y La Rioja (43,3%) y la ciudad de Buenos Aires (72,3%), Córdoba (68,2%) y La Pampa (60,5%) fueron las de mayor porcentaje. En Lengua, las de peor desempeño resultaron ser Chaco (39,6%), Catamarca (43,9%) y Santiago del Estero (45%), mientras que la Ciudad de Buenos Aires (73,6%), Córdoba (66,3%) y Tierra del Fuego (63,7%) obtuvieron los mejores resultados.


Por otro lado, las diferencias entre el rendimiento de alumnos de escuelas públicas y privadas también se hicieron notar: en todas las provincias, los estudiantes de institutos privados tuvieron mejor desempeño que los que asisten a colegios públicos. La mayor distancia se vio en Corrientes (33,4 puntos), Catamarca (33,1) y San Juan (31,9) y la menor –aún muy grande– fue en la Ciudad de Buenos Aires (17,9), Chubut (18,8) y Santa Cruz (16,3).


Está claro que los resultados no son buenos, pero el dato preocupante es que hoy existen múltiples realidades educativas que complican el panorama para resolverlo. La desigualdad interprovincial se hace sentir e incluso puede entrecruzarse con otras variables de índole geográfica, económica y social. Dentro de esas provincias, las diferencias entre quienes pueden acceder a pagar una educación privada y quienes no pueden hacerlo refleja un escenario de injusticia, falta de oportunidades y condena social por el lugar de la pirámide en el que les ha tocado nacer. Cabe destacar que la educación justamente fue pensada en este país como una igualadora de oportunidades, como un elemento de unidad nacional y como un símbolo del progreso. Hoy todo eso es historia; un lejano pasado.


Estos resultados son multicausales: el devenir histórico, la inacción, la falta de coordinación y la carencia de presupuestos suficientes son tan solo algunas de las causas que podríamos esbozar. Lo que está claro es que en nuestro país la educación no es prioridad, como se vio en los tiempos de la cuarentena más estricta. A comienzos de la pandemia en marzo de 2020, Alberto Fernandez declaró: “Las clases pueden esperar. Si hay algo que no me urge es el inicio de clases. Después veremos cómo compensamos esos días. Eso puede esperar. Nadie sufrió por recibirse un año antes o un año después”. Según un informe de UNICEF, más de un millón de estudiantes no había regresado a las aulas para julio del 2021.


La educación viró a la virtualidad: al WhatsApp, al Zoom o al Meet. Pero Argentina no está 100% conectada y la brecha digital no hizo más que profundizar las desigualdades. A partir de la Evaluación Nacional del Proceso de Continuidad Pedagógica, se estima que 1,1 millones de chicos y chicas se desvincularon de la escuela por diversos motivos. De todos ellos, alrededor de 500 mil alumnos y alumnas ingresaron al programa de revinculación; el resto sigue afuera. El número es alarmante porque las pruebas de aprendizaje nos marcan una baja calidad educativa y una gran brecha de desigualdad, pero aún queda la tarea de reinsertar al sistema educativo a quienes perdieron contacto durante la pandemia.


Ante esto, una de las soluciones propuestas por distintos niveles de gobierno fue la de eliminar la repetición. Esto supondría que los estudiantes pasaran de grado/año con independencia de sus resultados. Esta medida desató las críticas desde la Mesa Nacional por la Calidad Educativa, que la categorizó como engañosa y facilitadora: “Se recortan contenidos hasta niveles increíbles; se aprueba a alumnos por decreto; se los promociona por decisiones de gobierno. De esta manera, los alumnos sobrevuelan por los distintos niveles cumpliendo la premisa de la política educativa imperante de ‘ingresar, permanecer y egresar’ pero sin lograr los aprendizajes que validaron una educación de calidad.”. Esta tensión muestra que las políticas educativas tomadas para salir de la situación actual carecen del consenso entre los actores del sistema educativo y responden más a necesidades políticas del corto plazo.


Foto: La Nación

¿Hacia dónde debemos ir?


Si bien el panorama es complicado, quedarse en la mera descripción y el análisis no va a permitir mejorar la calidad educativa de nuestro país. Sin dudas, la mejor manera de revertir esta situación es lograr que los chicos y chicas pasen más tiempo en las aulas, con una jornada extendida que constituya la normalidad a lo largo y ancho del país.


En esta línea, establecer la obligatoriedad de la educación inicial desde los tres años aseguraría aún más tiempo en los establecimientos educativos. Aunque más tiempo en el colegio, por sí solo, no va a darnos una solución real; por eso, dotarlo de calidad será fundamental. Aquí entran múltiples propuestas de formación docente orientadas a la didáctica, la capacitación y la disciplina. Estos proyectos deben ir acompañados de una valoración económica de la profesión docente que la dignifique y la enaltezca, en sintonía con la importancia que tiene para el progreso del país.


Por otro lado, es necesario llevar las escuelas al siglo XXI en cuanto a tecnología y conectividad, pero también en contenidos vinculados a la programación y la robótica. Este avance no debe oponerse a la necesidad de que los estudiantes lean más y mejor. En este sentido, sería clave fortalecer las horas de lectura y los libros entregados o facilitados. Estas propuestas deben estar acompañadas de una inversión en infraestructura que contenga al estudiante y le permita las condiciones favorables para un aprendizaje real.


Estas ideas enunciadas son tan solo algunas de las que hoy debaten distintos actores del sistema. Sin embargo, el aspecto central de esta discusión es que todas estas medidas deben ser implementadas por igual en todo el país. Hace falta un trabajo mancomunado entre la Nación y las provincias para lograr disminuir la desigualdad en la que hoy nos encontramos. Fuera del palabrerío, es hora de lograr consensos que transformen el sistema a través de políticas de Estado; sin ello, será imposible consolidar una estrategia que pueda perdurar más allá del gobierno de turno.


La pandemia profundizó la brecha educativa existente. Foto: Télam

Nuestro país ha sido ejemplo educativo a fines del siglo XIX y cuna de reformas universitarias democratizadoras. Superando las contradicciones y las críticas, Argentina ha logrado construir un Estado educador que hoy está desmantelado. La responsabilidad proviene principalmente de políticos que no han sabido ocuparse de un tema que “no rinde” electoralmente. Pero salir de la lógica del corto plazo y comprometerse a edificar seriamente un país demanda acuerdos que van más allá de las diferencias políticas. Los consensos de la política no deben dejar de lado a quienes día a día cumplen funciones efectivas en el sistema educativo: docentes, directivos, personal no docente y alumnado. Para consolidar una tendencia de mejora, es más urgente que nunca la interdisciplina como metodología de gestión y darle voz a los protagonistas en la toma de decisiones.


Hoy en nuestro país se le da la espalda a una educación de calidad, lo cual contribuye a profundizar la desigualdad existente. Es tarea del presente para el futuro consagrar un sistema que otorgue igualdad de oportunidades, forje valores de compromiso, solidaridad y progreso, contenga y asegure aprendizajes para el desenvolvimiento profesional y de la vida en sí misma. Solo de esta forma tendrá sentido hablar del mérito recuperando la cultura del trabajo y la educación.


La educación es el camino a la libertad y el progreso de los iguales.