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Empleo joven: ¿y si la salida no es Ezeiza?

Entre crisis económica, pandemia y problemas estructurales, los jóvenes en Argentina no tienen un panorama sencillo para desarrollarse. En esta nota repasamos el contexto actual en torno al empleo joven. ¿Cuál es la situación de los jóvenes en el mercado de trabajo? ¿Qué se puede hacer para mejorar sus oportunidades?


Foto: Télam



Estamos viviendo un contexto de crisis muy complejo. El mes pasado repasamos la situación educativa que atraviesa Argentina. Los jóvenes también sufren por el lado del empleo y de las posibilidades de construir un futuro seguro y próspero. El sueño de terminar el secundario, tener un título universitario, ingresar al mercado laboral, tener una casa propia, viajar y progresar empiezan a quedar cada vez más lejos para muchísimos jóvenes que sufren una preocupante situación.


Hace algunas semanas, Adecco Argentina y la ONG Cimientos elaboraron un informe sobre empleabilidad juvenil a partir del relevamiento de empresas y jóvenes egresados del secundario. Los resultados resultan alarmantes: el 46% de las empresas tiene dificultades para encontrar los perfiles jóvenes que requiere. Las empresas recalcan que se enfrentan a dos grandes problemas: por un lado, la falta de preparación o capacitación y, por el otro, la falta de compromiso o “cultura del trabajo”.


Entre los jóvenes, el 83,2% percibe como principal dificultad el requisito de experiencia previa que se solicita. Otra complicación que muestra el informe es la percepción de los jóvenes acerca de la incompatibilidad horaria con sus estudios (52,2%), junto con la falta de oportunidades de trabajo formal (47,8%). Este desacople de expectativas muestra que las oportunidades laborales no satisfacen las necesidades existentes de la juventud, que pareciera quedar siempre atrapada en la informalidad.


Es muy importante comprender que los jóvenes con estudios en proceso o finalizados necesitan un primer empleo de calidad y formal. A su vez, el sistema los debe preparar en función de cómo está diseñado el mercado laboral actual, y también el que se va diseñando para el futuro a corto y mediano plazo. Incluso podríamos pensar que el sector privado puede promover la educación de sus empleados e impulsar puestos de trabajos que permitan formar profesionales más allá de los estudios académicos necesarios. Aquí también pueden encontrar un rol clave los sindicatos y las organizaciones del tercer sector. Como vemos, construir un mercado laboral inclusivo depende de la coordinación de muchos actores y ese debería ser el rol del Estado para abordar esta problemática.


Para completar el diagnóstico de este problema, ante la falta de oportunidades, muchos jóvenes deciden emigrar buscando certidumbre y un mejor futuro. Argentina sufre la incompatibilidad entre empresas y jóvenes, además de una creciente inestabilidad que termina generando “una salida por Ezeiza”. Si bien no hay datos oficiales, el medio de comunicación A24 publicó la respuesta a un pedido de acceso a la información pública presentado ante la Dirección Nacional de Migraciones en el que se indica que entre septiembre de 2020 y junio de 2021 casi 60 mil argentinos emigraron con motivos de mudanza, 445 mil viajaron por "turismo", 15 mil lo hicieron por "estudio", 180 mil declararon "residencia" y más de 142 mil dijeron que se iban por "trabajo". El principal destino elegido es España; luego siguen Uruguay, Chile, Brasil y México. Estados Unidos recibe tan solo un 5% de estos migrantes, según lo declarado.


Es necesario destacar que muchas de las personas que deciden buscar su futuro fuera del país están altamente calificadas, con estudios universitarios de grado y posgrado. Otro tanto decide comenzar sus estudios en el exterior. Una nota realizada por la BBC recoge testimonios de jóvenes argentinos que señalan la constante crisis, la inflación y la inseguridad como los principales motivos de su emigración.


Más allá de la carencia de datos oficiales, esta es una realidad que cada vez tiene más lugar en la Argentina de hoy. La respuesta desde la política debe ser contundente: oportunidades de crecimiento en el país, dar certidumbre, ordenar la macroeconomía y comprometerse a abordar esta situación y no hacer como si no fuera relevante. La salida de Ezeiza debe ser producto de una decisión libre, no como respuesta a un país que cierra las puertas a construir un futuro próspero. Argentina arrastra varios años de fuga de cerebros que, tarde o temprano, va a requerir su repatriación.


Foto: Todo Noticias (TN)

Sin embargo, la situación es aún más compleja. El Observatorio de la Deuda Social Argentina de la Universidad Católica Argentina (UCA) presentó una investigación sobre jóvenes de 18 a 24 años que no estudian ni trabajan en la argentina urbana pre-post pandemia (2017-2021). Allí se describe que la mitad de los jóvenes argentinos que tiene entre 18 y 24 años está excluida del sistema educativo y una cuarta parte de ellos no solo no estudia sino que tampoco trabaja, por lo que se los considera “doblemente excluidos'' de la educación y del mercado laboral. Y esa doble exclusión es un problema previo a la pandemia del Covid-19. Al día de hoy, más del 25% (1 de cada 4 jóvenes) no estudia ni trabaja de manera remunerada. En relación a la situación desigual de género, el porcentaje de mujeres que se encuentran doblemente excluidas es 10 puntos porcentuales mayor que sus pares varones. Esto es consecuencia, en parte, de un sistema educativo que no contiene y no clarifica oportunidades, por eso es fundamental pensar una reforma educativa que incorpore los temas del siglo XXI, pero también que motive, contenga, escuche y haga progresar tanto a docentes como alumnos de manera mancomunada. Lo que queda claro es que la problemática excede la coyuntura y los gobiernos de turno; la solución exige lo mismo.


Foto: Observatorio de la Deuda Social (UCA)

Los jóvenes “ni ni” –ni estudian ni trabajan– suponen una problemática a nivel mundial. En un contexto de crisis, como el nuestro, este problema se agrava. Abordar esta deuda social necesita de una política de Estado que incluya a todo el arco político comprometido con los intereses del progreso y el desarrollo.


Con este panorama, la situación de acá a los próximos años no pareciera que pueda mejorar. Sin embargo, teniendo identificado el problema solo resta juntar voluntades, armar mayorías, diseñar políticas y llevarlas a cabo. Esta es una responsabilidad de quienes tienen la vocación de conducir los destinos del país hacia un mejor puerto.


Según un informe de CIPPEC, en 2018 Argentina ya tenía una tasa de desempleo en la población joven que triplicaba a la de la población adulta en general. Se trata de una tendencia que ha ido en aumento desde 2004.


Hoy nuestro país tiene el mayor desempleo juvenil del Cono Sur, por encima de Uruguay (24,5%), Chile (16,8%), Paraguay (12,8%) y Bolivia (6,6%). El gobierno de Alberto Fernández ha tomado una serie de medidas que buscan revertir esta tendencia. En 2021 se puso en marcha el programa Te Sumo, que tiene como objetivo promover la inserción laboral de los jóvenes de entre 18 y 24 años a cambio de una reducción en aportes patronales a PyMES. Otro de los programas que se encuentra funcionando es Jóvenes con Más y Mejor Trabajo, a través del cual se brinda asistencia económica para que jóvenes desocupados se capaciten mediante prácticas laborales y financien sus emprendimientos.


Estos programas aportan pero no resuelven la problemática, ya que la gran mayoría de los empresarios utiliza a los jóvenes que participan de ellos como mano de obra temporaria a bajo costo, pero luego deciden no realizar una contratación efectiva. Podríamos mencionar algunas otras iniciativas locales como respuesta a esta problemática –entre ellas, el Plan Empleo Joven en la Ciudad de Buenos Aires–, pero todas se quedan en respuestas parciales y limitadas.


El panorama es absolutamente desalentador. Sin embargo, es posible transformar la realidad. Abordar esta situación necesita de la coordinación de actores públicos y privados para su resolución. Una coordinación de políticas e incentivos que promuevan el empleo formal y de calidad. Esta debe ser una de esas políticas de Estado de las que tanto escuchamos nombrar. Se debería abordar el problema desde lo educativo y lo económico-fiscal, con una perspectiva federal y de género orientada al crecimiento. Se podría combinar el fortalecimiento de la educación pública con programas de empleo joven y alivios fiscales que favorezcan la contratación. De lo que no hay dudas es que el prerrequisito necesario otra vez vuelve a ser superar la grieta con tenacidad y valentía. Me animo a que empecemos a preguntarnos: ¿y si la salida no es Ezeiza?