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¿Hacia dónde va Milei? La experiencia de la política anti-establishment en América Latina y sus devenires

La República Argentina atraviesa un caso sin precedentes en su historia. Por primera vez, es gobernada por un presidente antiestablishment político. ¿Se trata de un caso aislado? En absoluto. A lo largo de la historia hubo varios casos de presidentes con las características de Milei en tanto a su armado político, manera de actuar, discurso y apoyos políticos. América Latina no fue una excepción. Quizás, echar un vistazo a gestiones semejantes de figuras como la suya en nuestra región pueda echar luz sobre lo que, por momentos, resulta un intranquilo y amorfo panorama político para el ciudadano común.


Andreas Schedler y una tipología de la “Anti-política”

Andreas Schedler echa luz de manera clara y concisa sobre el tópico de la política anti-establishment y el neopopulismo que emergió durante la tercera ola de la democratización que vivimos en occidente. En su texto “Los partidos antiestablishment político” (1998) detalla con precisión las características de semejante corriente movilizadora, tomando a su vez una multiplicidad de variables de coyuntura para realizar predicciones y modelos de hacia dónde van este tipo de alternativas políticas.

Tomando en cuenta sus aportes, podemos entender a un partido político antiestablishment como uno que traza una línea divisoria entre él y el pueblo, por un lado, y la clase política tradicional, por el otro, constituyendo así una identidad común con los ciudadanos frente a un adversario universal: la casta. Así, se posiciona discursivamente por fuera de las disputas políticas tradicionales, descalificando tanto al oficialismo como a la oposición por formar, ambos, parte de esa misma clase política que buscan erradicar. De esta manera, profundizan la polarización, y proponen una alternativa de liberación a un pueblo “libre pero desprotegido” contra un gobierno “restrictivo y poderoso”. Se aleja, a su vez, del eje identitario partidista izquierda-derecha, postulándose por fuera de dichas clasificaciones como lo novedoso, lo que lo vuelve a su vez casi inimputable bajo estándares tradicionales.

Ahora bien, definidas sus características, el autor va a postular tres posibles rutas para una fuerza política antiestablishment una vez llegada al gobierno. Las siguientes son:

  1. Volverse a la política rutinaria.

  2. Perpetuarse en el poder por medio de un autogolpe antidemocrático.

  3. Tratar de mantener su postura antipolítica, lo que tiene tres posibles resultados:

  • Gobernar por decreto, prescindiendo del Congreso.

  • Verse impugnado o destituido por el Congreso.

  • Empate legislativo-ejecutivo; suele caer uno o el otro, a veces ninguno.

Definidos estos conceptos principales, nos proponemos como objetivo para la nota realizar un breve estudio de casos (5) en que la política antiestablishment efectivamente logró su cometido de alcanzar la bancada presidencial en Latinoamérica, para definir sus modos de gestión según variables propias y, en el mejor de los casos, poder predecir un caso que nos interpela a todos como argentinos: El “fenómeno” Milei.



Jair Bolsonaro, el brasileño

El caso de Bolsonaro es uno similar al que pudimos ver con Trump en Estados Unidos dos años antes, aunque entre los casos presentes podemos verlo como el menos antiestablishment de todos. Sin embargo, decidimos incluirlo puesto que su discurso alberga todos los componentes de la nueva derecha que vemos hoy día, asociada con la antipolítica.

Tras el escándalo de Lava Jato (Petrobras) que acabó con la destitución de Dilma Rousseff, el discurso contra la “casta” política en Brasil pudo verse reforzado concretamente en los hechos, y este episodio en particular dejaba expuestas a las principales figuras dirigentes del partido oficialista. Alguien que no desaprovechó esta oportunidad fue Jair Bolsonaro, quien, en tándem con el fiscal Sérgio Moro en el plano judicial, hizo uso de la retórica anti-política y anti privilegios de la clase política tradicional, dentro de la que enmarcó a la coalición gobernante del PT en su carácter de gobierno.

Ello mostró un claro éxito en clave discursiva y electoral, que acabó con la asunción de Bolsonaro como presidente, liderando al Partido Social Liberal y a varias figuras de la vieja política derechista brasilera al control del gobierno. Bolsonaro como tal no era un outsider de la política, sino uno de los principales exponentes de la derecha en el Congreso brasileño, y de los denunciantes del Lava Jato. Por ende, el vuelco a la política tradicional era de esperarse, y así lo fue. El gobierno de Bolsonaro se desarrolló en su mayor parte sin indicios de querer malversar el sistema institucional de la república. Sin embargo, no podemos ignorar el intento de autogolpe militar que se produjo en 2021, frente a las vísperas de derrota electoral que contemplaba el régimen bolsonarista, panorama que no favorecía claramente a una continuación de su mandato. Si bien el golpe no logró concretarse por diversos factores, no podemos permitirnos tomar esta iniciativa impulsada desde su liderazgo a la ligera, y hemos de tenerla presente en nuestro análisis.


Nayib Bukele, el salvadoreño

El recientemente reelecto mandatario salvadoreño, quien encara ahora el desafío de un segundo mandato, también enmarca su discurso dentro de una retórica antiestablishment con un constante ataque contra la clase política tradicional de su país. Como ya anticipamos en otra nota, el régimen de Bukele es uno que aparenta, por sus métricas, como titiritero frente a la transparencia democrática y a la competencia política. En el plano institucional, por su parte, es bien conocido cómo esta figura, desde sus competencias excepcionales, exitosamente logró suprimir el sistema de “pesos y contrapesos” de la democracia liberal, interviniendo los otros poderes del Estado (Legislativo y judicial) en pos del suyo propio, como máximo exponente del ejecutivo en tanto su bancada presidencial. Esto devino en una manera de gobernar autocrática, donde su voz y voto constituían los principales (y únicos) ejecutores de la política nacional salvadoreña.

Podemos categorizar al mandato de Bukele, dentro de las categorías expuestas anteriormente, como ejercido a partir de un autogolpe inicial dirigido hacia las reglas democráticas, con el objetivo de no solamente perpetuarse en su cargo, sino también de acaparar toda esfera de decisión dentro del Estado, y manipular los resultados del sufragio. No escasean pruebas de ello en lo más mínimo, sino todo lo contrario; podemos tomar como referencia las incontables intervenciones al Congreso, la destitución de mandatarios sin fundamento, el encarcelamiento arbitrario de ciudadanos, y la manipulación constante de los mecanismos de gobierno. Se presenta entonces como innegable el carácter autoritario del régimen en El Salvador, que no solo se postula por sus artífices como una democracia libre y en regla, sino que tampoco pierde la ocasión para presumir el éxito electoral de su mandatario y principal figura.


Alberto Fujimori, el peruano

El régimen de competencia peruano, altamente volátil y de política personalista, no pudo dejar pasar de largo a un personaje tan característico y peculiar como lo fue Alberto Fujimori. El descendiente de un largo linaje japonés, por su parte, tampoco tardaría en establecerse como la figura predominante del espectáculo mediático-político llevado a cabo en el país del suspiro limeño. El armado político de Fujimori para las elecciones de 1990 era absolutamente heterogéneo en su seno, conformado por grupos sin experiencia en la política, pero cuyos actores estaban profundamente decepcionados con -y apelaban a- la política tradicional infructífera del país. Nuevamente, la campaña de Fujimori se trató de una retórica personalista y de convocatoria a los “desafectados” de la política, a partir del postulado de una “única solución” basada en una figura por fuera de los marcos tradicionales: él mismo.

No es de extrañar que tal estrategia lo llevaría a la bancada presidencial. Desde el inicio de su mandato como gobernante de Perú, Fujimori confrontó carnal y simbólicamente con todo lo que representaba para él, y su electorado, la “casta tradicional” peruana. En su lugar, el apoyo político del mandatario radicaba en las Fuerzas Armadas, por lo que una destitución se postulaba como poco posible. No tardó, sin embargo, en anular dicha posibilidad por completo. En 1992, se impulsó un autogolpe de Estado conocido como el Fujimorazo, con la intención de acaparar todo el poder del Estado en la figura de Fujimori. Se intervinieron una cantidad de entes regulatorios del Estado, entre ellos el tribunal constitucional (Máximo exponente del poder judicial) y el Congreso (Legislativo), que acabó por disolverse por completo; todo ello con el respaldo, apoyo y colaboración de las Fuerzas Armadas. La presidencia de Fujimori duraría un total de 10 años, hasta el cambio de milenio, cuando se produjo su inevitable destitución por el agotamiento de su modelo, entre otros muchos factores no pertinentes a nuestro objetivo.


Hugo Chávez, el venezolano

El carácter discursivo de Hugo Chávez, más allá de su retórica antipolítica, se presenta como diferente a los expuestos hasta ahora. Lejos de una postura derechista, Chávez hizo hincapié en un proyecto humanitario de unión latinoamericana, inscripto en ideas presuntamente “bolivarianas”. Chávez llega a la política como un individuo de trasfondo militar y como ex preso político tras su fallido intento de golpe de Estado contra el régimen, hito que lo dotó de amplia popularidad en su país. Las características expuestas lo presentaron como un “outsider”, tanto al sistema como a la época, quien a su vez hizo un llamamiento al descontento pueblo venezolano a desvincularse de la política tradicional, social y económica, de los últimos años que por tanto tiempo los aquejó.

No le resultaría tampoco servicial al sistema el hecho que, luego de un primer éxito electoral de Chávez que dotó a la fuerza política en la que estaba inscripto (MVR) aproximadamente un tercio de la bancada parlamentaria, los dos partidos tradicionales más fuertes de Venezuela, COPEI y AD respectivamente, respaldaron entre los dos a un mismo candidato, en oposición a Chávez, y perteneciente a la vieja política, Henrique Salas Römer. Chávez ganó esas elecciones, simbólicamente venció a la “vieja casta”, e inmediatamente comenzó su plan de gobierno de reformular la Constitución y, con ella, al “obsoleto” Estado.

Chávez gobernó a través de su propia figura, haciendo uso de decretos y referéndums para cambiar la estructura, y llevándose al sistema burocrático-político por delante como si de una locomotora se tratase. Sin embargo, no es de extrañar cómo ello le trajo consecuencias una vez tratase de aprobar un paquete de leyes en el Congreso que lo dote de poderes extraordinarios. El apoyo político de organizaciones, sindicatos y empresas hacia Chávez se deterioró, y se intentó un golpe de Estado contra su figura, impulsado desde una facción del ejército. Sin embargo, esta Venezuela sin Chávez no duraría más de tres días, tiempo en el que se produjo su regreso a la república bolivariana por diversos factores, principalmente el apoyo del núcleo duro militar con el que contaba. Chávez gobernaría hasta su muerte en el 2013, no cediendo en ningún momento el aparato estatal, con irregularidades electorales de por medio y que aún están en disputa.


Abdalá Bucaram, el ecuatoriano

Un caso menos conocido es el del líder ecuatoriano de bigote hitleriano, otro claro ejemplo de presidentes antiestablishment en la región. Durante su campaña, Bucaram hizo uso de un estilo de advertising político poco convencional: bailaba, cantaba, y, cómo no, atacaba a la “oligarquía” política de Ecuador. Su estilo de hacer campaña, caracterizado por su imperativa y ridiculez, fue adaptado a su modo de gestión una vez obtuvo la banca presidencial, tras el ballotage. Su gestión estuvo profundamente marcada, no solo por el espectáculo que suponía, sino por su poca flexibilidad a la hora de negociar con otros actores de peso dentro del régimen -ocasionalmente descalificándolos- y el carácter profundamente personalista de su liderazgo; ah, y a sorpresa de pocos, los incontables casos de corrupción.

Ello trajo para Bucaram esperadas consecuencias en lo político. Tanto la prensa, como las elites políticas y económicas, como así el propio pueblo cuya mayoría le votó se volvieron todos en su contra. A sus poco convencionales manierismos se le sumaron la pésima gestión económica, que fue la gota que acabó por rebalsar el vaso. Las manifestaciones multiclasistas del conjunto del complejo social pudieron respaldar la acción tomada desde el poder legislativo con el objetivo de la destitución del presidente. Se le declaró a Bucaram, y cito, “mentalmente incapacitado” para ejercer el cargo que se le proveyó tras aquel sufragio de 1996 y, tras las infaltantes riñas y denuncias de golpe de Estado por parte del mandatario, se logró desplazarlo de su cargo a tan solo un año de su asunción. Aníbal Pérez Liñán (2009) define tres bases de la crisis política del régimen de Bucaram: Su aislamiento de las elites políticas tradicionales; el carácter volátil de su inicial apoyo popular masivo; y su estilo nepotista y alienante de gobernar.

No hace falta clarificar, creo yo, y volviendo a las categorías del inicio de la nota, que el devenir del “bucaranismo” entra dentro del último tipo que clasificamos en la introducción: la característica de su gobierno fue que el presidente efectivamente mantuvo su postura antiestablishment a la hora de gobernar, lo que le trajo consecuencias directas graves a su gobierno y, en última instancia, su destitución a manos del Congreso. El caso de Bucaram aquí expuesto representa el claro ejemplo de que la política antiestablishment, más allá de su notable y repetido éxito electoral en los tiempos contemporáneos, no es para nada recomendable en el marco de un gobierno constitucional.


Javier Milei, el argentino

El fenómeno Milei ya lo conocemos todos. Sin embargo, lo distintivo reside en cómo, vistos todos los casos anteriores, disponemos de un marco analítico para entender que, en efecto, Milei no es un caso aislado ni mucho menos, sino una reformulación de prácticas discursivas y de poder vistas no solo a lo largo y ancho de la región, sino en muchas diferentes partes del mundo. Pudimos ver, en este recuento, claves discursivas y de campaña que se repiten en el caso de Milei: El espectáculo y la violencia discursiva (Bucaram), la noción de solución única (Fujimori), y la voluntad de gobernar por decretos y referéndums (Chávez), entre otros. En todos los casos mencionados, además, se alude a la presunta obsolencia de un sistema de partidos tradicional dominante en todos los países, donde siempre hicieron presencia las mismas figuras y donde las riñas siempre siguieron una misma dinámica de competencia. Las concordancias son innegables, y podemos dar cuenta de ellas a partir de una mirada más amplia de los procesos políticos, enmarcados en dinámicas regionales y mundiales.

Nos permitimos sin embargo una reflexión pertinente respecto a la introducción, una vez puesta la lupa en el caso de Milei. En su discurso, el presidente desde siempre hizo uso de la dicotomía izquierda-derecha para postularse, tanto a él como a sus ideas, en contraposición a la primera. La constante peyorativa frente a los “zurdos”, categoría bajo la que englobó a (casi) toda su competencia, pareciese reavivar el eje tradicional de competencia partidaria. Sin embargo, consideramos que esta cosmovisión va más bien dirigida al núcleo duro ideológico de militantes y seguidores libertarios. Hacia el ciudadano común, el elector modelo tipo, desde el espacio libertario se buscó una y otra vez reafirmar su posición por fuera del sistema. Ello sobre todo durante las últimas instancias de la campaña electoral, luego de su notorio e inesperado éxito en las PASO, cuando este tipo de discurso vivió su clímax de propagación entre las masas. La idea era, como predijo Schelder antaño, volverse inimputable frente a los discursos y mediciones de la vieja política; se reafirmaba como lo novedoso, la solución, la antología a las penurias del pueblo argentino que durante tanto tiempo había sido castigado. Eso era lo que la gente quería escuchar, en su mayoría indiferentes respecto al posicionamiento partidario.

Una vez recopilados todos estos casos más o menos cercanos, temporal o geográficamente, al de nuestro país, ¿qué nos queda esperar de Milei? Apresuradamente, podemos dar cuenta de un inicial vuelco a la política tradicional, aplicando medidas ya vistas anteriormente en Argentina y asignando la mayoría de sus bancas ministeriales a sujetos de la vieja política como Bullrich, Caputo y Sturzenegger, ello sin contar el apoyo legislativo que está recibiendo en el tratamiento de su Ley Bases, donde las bancadas de la UCR y el PRO lo acompañan con su voto positivo. Sin embargo, en las apariciones recientes de Milei, él mismo presenta una amenaza frente al sistema político democrático como lo conocemos: no ha fallado en recordarnos su competencia constitucional de vetar toda ley que salga del Congreso que no se ajuste a su modelo político, además de reafirmar la posibilidad de una gobernabilidad permitida a través de decretos y convocatorias populares. Todo ello, si bien contemplado en términos nominales en la Constitución nacional, trae un evidente peligro en términos reales para el sistema político. No faltan casos de intentos semejantes en la región, mucho menos en el mundo, en los que se haya buscado lo mismo; la mayoría -por no decir todos- suelen acabar en un empate entre el ejecutivo y el legislativo, donde uno de los dos acaba por caer, como anticipamos en nuestra introducción.  

Todo está por verse, nuevamente; en la ciencia política no se hace futurología ni mucho menos predicciones exactas. Sin embargo, podemos marcar tendencias, y una posible, de no resultarle al gobierno efectivo el vuelque a la política tradicional, es la de la perturbación del sistema de pesos y contrapesos entre poderes a fines de cumplir las metas de su gestión. Contemplamos, en tal caso, la posibilidad de un desencuentro entre la presidencia y el Congreso, desencuentro que pudiese acabar con la interrupción o cese de las virtudes y potestades estatales de uno de ellos, más probablemente el primero, a través de un eventual juicio político. La historia es, a fin de cuentas, la única que puede acabar por detentar la aguja para un lado u otro.


BIBLIOGRAFÍA UTILIZADA.

Chumaceiro Arreaza, I. (2003). “El discurso de Hugo Chávez: Bolívar como estrategia para dividir a los venezolanos”. Boletín de Lingüística, núm. 20, agosto-diciembre, 2003, pp. 22- 42.

García Montero, M. (2001). “La década de Fujimori: ascenso, mantenimiento y caída de un líder antipolítico”. América Latina Hoy, 28: pp. 49-86.

Pérez-Liñán, A. (2009). “Juicio político al presidente y nueva inestabilidad política en América Latina”. Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires.

Schedler, A. (1996). “Los partidos antiestablishment político”. Este País 68: 2-13.


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