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Homeschooling: el desafío de ser hijo/a todo el día, todos los días

Educarse en casa se convirtió en la nueva normalidad durante el 2020 a causa de la pandemia. Sin embargo, antes de la llegada del COVID-19, ya existían cientos de familias en nuestro país que habían optado por educar a sus hijos/as en sus hogares, sin la intervención del colegio ni de docentes. A continuación compartimos una crónica basada en relatos en primera persona de este debatido fenómeno denominado homeschooling.

Ilustración: Shutterstock

La mujer está sentada en el suelo, justo en el medio de la habitación, en la posición del loto: la espalda recta, los hombros alineados, las piernas cruzadas una encima de la otra. Es mediodía de un día de semana cualquiera y en esta casa en la que viven, además de la mujer, dos niños que no van a la escuela, la luz es tenue, casi una penumbra. Los niños, de siete y once, no emiten ningún sonido. Lo único que se escucha es el fragor de la General Paz que cuelga muy cerca y muy lejos. Autos y camiones pasan a toda velocidad pero acá solo llega un rumor que arrulla. De hecho, es mediodía, y Ástor y Bruno duermen. Todo está como detenido: la luz, el sonido, el tiempo.


Malena González, así se llama la mujer, habla durante horas en esa posición sobre la decisión de desescolarizar a sus hijos. Solo se mueve para cebarse un mate que a esta altura ya es un caldo inmundo y tibio. Y dice cosas como esta:


–Salir del sistema se vive como un salto al vacío. Te sentís mal porque te dicen que lo bueno es lo firme, pero yo prefiero saltar al vacío antes que tirarme de la terraza a la vereda. Ahí te la ponés seguro, pero en el vacío vas a flotar.


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No siempre el problema eran las maestras, a veces era la propia entropía de la clase. El ecosistema del aula de primer grado se convertía en una fuente insoportable de tensión para Bruno. Daba lo mismo si todo empezaba con unas risas ahogadas en el fondo, un cotorreo entre compañeros de banco o una discusión trivial. Lo que seguía era siempre igual: se instalaba un murmullo que aumentaba en intensidad, la maestra elevaba la voz para pedir silencio, los chicos tenían que hablar más fuerte para escucharse, la maestra ahora necesitaba gritar y el final es conocido. Durante una de sus últimas mañanas en la escuela, cuando la clase entró una vez más en estado de ebullición, Bruno se sentó en el suelo en la posición del loto –la espalda recta, los hombros alineados, las piernas cruzadas una encima de la otra– mientras todo lo que lo rodeaba se desmoronaba.


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—Por supuesto que hay que legalizar el homeschooling, no tengo ninguna duda.

La voz gravísima, corrosiva, y la sonrisa siempre burlona de Mariano Narodowski contrastan con sus ojos ligeramente oblicuos de párpados pesados que le dan un aire de indulgencia, aunque quizás solo sea cansancio. Exministro de Educación de la Ciudad de Buenos Aires, investigador de Harvard y profesor de la Universidad Di Tella, Narodowski dice que la escolarización nunca fue un fin en sí mismo sino que siempre resultó ser un medio para conseguir otra cosa: el ideal pansophiano, que es algo así como acceso al conocimiento para todos. Como lo importante es el fin, da lo mismo alcanzarlo a través de cualquier otra tecnología que sea superadora. De todas formas, hasta ahora escolarizar parece ser la mejor opción: hace 150 años, antes de la creación de la escuela tal como la conocemos, menos del 1% de la población mundial sabía leer y escribir. Hoy la cifra supera el 85%.


Más allá del ideal pansophiano, Narodowski explica que la escuela surgió en el siglo XIX como una tecnología destinada a resolver el control biopolítico de la población infantil. Durante la Revolución Industrial los padres comenzaron a trabajar en las fábricas, fuera del ámbito doméstico, y la escuela pasó a ser una especie de “depósito de hijos”.

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La politóloga Amy Gutmann, en su libro La educación democrática, sostiene que es el Estado el encargado de “promover las aptitudes y los valores propios de la ciudadanía deliberativa”. La escuela restringe libertades individuales, es cierto, pero para convertir a los ciudadanos en seres más libres: a través de la obligatoriedad de la escolarización las personas logran adquirir los conocimientos indispensables para tomar decisiones informadas –¿libres?– durante su vida adulta. A su vez, Gutmann sostiene que los homeschoolers “confunden equivocadamente el bienestar de los niños con la libertad de los padres”.


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Claudia Suarez describe un camino que quizás no esté relacionado con la crianza de sus hijos pero que, sea como fuese, la trajo hasta acá. Y acá está, sentada en una de las únicas dos sillas de una casa que no es la suya, donde pululan un puñado de niños y niñas que no van a la escuela. Una de esas niñas es su hija Abi, de once años, la menor de cuatro hermanos, la única a la que Claudia decidió desescolarizar.


La casa tiene un nombre, Casa de Botellas, y queda a metros de la General Paz en una calle del barrio de Liniers que parece ajena al paso del tiempo: las casas, los autos y las personas en Santiago Bueras al 300 tienen una edad indefinida, o al menos pertenecen a un tiempo difícil de precisar.


La puerta que da a la calle está cerrada pero sin traba. A medida que lleguen, los padres entrarán con sus hijos sin anunciarse y se irán, solos, pocos minutos después. La casa está dividida en dos plantas. Abajo, donde los viernes por la tarde funciona el espacio que coordina Malena González para niños que no van a la escuela, hay tres habitaciones, un baño y una cocina. Dos de las habitaciones están destinadas a los niños. En ninguna de las dos hay sillas: en una hay un bastidor, acuarelas y una pequeña biblioteca; en la otra solo juguetes y algunos almohadones desparramados más o menos al azar y Malena sentada en la posición del loto. En la tercera habitación sí hay sillas, dos, y en una de ellas se sentará Claudia para contar qué fue lo que la trajo hasta acá.


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Desde hace años que a Narodowski le interesa el fenómeno del homeschooling, especialmente por la tensión que se produce entre los sistemas escolares tradicionales basados en la prescripción de ciertos conocimientos y valores por parte del Estado, y la libertad que reivindican los padres y las madres a elegir la educación de sus hijos.


Narodowski explica que el primer gran boom del homeschooling se produjo en los años 60 en Estados Unidos en el marco de comunidades evangélicas del centro-oeste del país que desconfiaban de la educación pública, a la que veían como una mala influencia para sus hijos.


Si en Estados Unidos las comunidades evangélicas comenzaron a elegir el homeschooling para evitar una educación liberal que ponía en riesgo sus valores religiosos, en Argentina llegó en la misma época pero con argumentos opuestos: ha sido la herramienta de sectores progresistas que buscan escapar de un sistema escolar al que señalan como conservador y fuente de maltrato.

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Bruno tiene once años y desde hace cinco no pisa un aula. El hijo mayor de Malena había pedido ser entrevistado pero son más de las tres y todavía no se despertó. Aparecerá recién una semana después a las cinco de la tarde. Apenas se encienda el grabador, dirá lo siguiente:

—Anoche no pude dormir porque a mi hermano le da miedo la oscuridad así que me tuve que quedar con él.

—¿Te gusta hacer homeschooling?

—Sí, porque tengo mucho tiempo libre. Para el examen solo necesito estudiar una hora por día.

—Y cuando no estás estudiando para rendir libre, ¿qué hacés?

—Estudio también pero viendo cosas que me gustan.

—¿Qué te gusta ver?

—Casi siempre veo documentales sobre animales de antes a que nosotros existiéramos.

—¿De dinosaurios?

—No, técnicamente no. El primer ser con columna vertebral era un pececito del tamaño de mi pulgar.

—Me contó tu mamá que antes de hacer homeschooling ibas a la escuela.

—Sí, tenía amigos ahí. Pero nos gritaban por cualquier cosa, y cuando nos gritaban nos gritaban a todos, en plural, aunque yo no hiciera nada. Además tenía compañeros que siempre me insultaban y me pegaban.

—¿Le decías a la maestra?

—Cada vez que le decía me contestaba “qué me importa, sentate, estudiá”. Y eso que ellos específicamente me pedían que les avisara.

—¿Quién te decía eso?

La profe, la misma que después me decía qué me importa. Por eso después dejé de avisarle. Me acuerdo de una vez que llegué hecho miércoles a casa porque uno de tercero me había pegado. Yo estaba en primer grado, era un niño de seis años contra uno de nueve. No creo que sea muy justo.


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El caminito –así lo llama Claudia– empezó con un cambio de dieta hacia una más naturista, siguió con la renuncia de su marido a la concesionaria de autos en la que llegó a ser gerente y desembocó, durante unas vacaciones de invierno, en una idea que hacia el verano ya era una realidad: desescolarizar a Abi. Alimentación y trabajo pueden tener nada –o todo– en común con la crianza de los hijos pero, sea como fuese, son dos mojones que le sirvieron a Claudia para buscar la salida del laberinto escolar.


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Además de coordinar Casa de Botellas, Malena administra un grupo de Facebook de homeschoolers en el que participan casi 2.500 familias. El 3 de octubre de 2019 compartió un artículo que decía lo siguiente: “Si tus hijos van a la escuela y solo vas a aprender una cosa de nosotros, que no los llevamos, que sea esta: permitiles dormir todo lo que sus cuerpos necesiten. Quedate con esta idea: los homeschoolers tenemos tiempo. Tiempo para tomarnos las cosas con calma, para seguir el ritmo de los niños y, sobre todo, para descansar todo lo que haga falta. Hay que dormir más. ¿Cuánto más? Todo lo que necesiten”.

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La decisión estaba tomada. La familia –los padres– había emprendido un camino sin retorno. Abi, sin embargo, tenía muchas dudas: no se imaginaba cómo sería la vida sin escuela, pasar todo el día junto a su padres. Sentía que iba a extrañar a las amigas. Cuando en vacaciones de invierno de tercer grado le propusieron desescolarizarla, ella no quiso. Claudia y su marido esperaron. Aprovecharon el tiempo para informarse: estudiaron la Ley de Educación Nacional, se enteraron de que en Capital Federal los niños pueden rendir libre la primaria, bucearon en blogs de homeschoolers hasta que dieron con la comunidad de Malena. Mientras tanto, Abi seguía en la escuela. Luego llegaron las vacaciones de verano, tres meses sin pisar un aula, quizás sin ver a sus amigas. En marzo le volvieron a preguntar: ¿querés volver a la escuela? Abi dijo que no.


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—Cuando nació Bruno me pasó lo que le pasa a cualquier madre en esta sociedad: o salís a laburar y dejás al pibe en una guardería, guardado, o contratás a una persona y laburás para financiar que alguien lo cuide.


Cuando Bruno tuvo la edad de entrar al jardín de infantes, Malena quedó embarazada de Ástor. El dinero comenzó a ser un problema y el cuerpo ya no le respondía como antes. Sin ayuda del padre, ya no podía ocuparse todo el día de sus dos hijos. Entonces decidió mandar a Bruno al jardín. La idea, en definitiva, no parecía tan terrible. La maestra de sala de cuatro era cariñosa. Tal vez un poco gritona, pero sin carga violenta: una diosa de la goma eva y de la purpurina. Los problemas comenzaron en primer grado.


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Hay un gesto casi imperceptible, una ligera tensión que contrae los músculos de la cara: los labios apenas apretados, las fosas nasales ligeramente abiertas, las cejas fruncidas, los pómulos levantados. Bruno aprendió a identificar el momento exacto en que el mundo se detiene antes del estallido. Su mamá le enseñó un truco que llama psicomagia: “cuando veas que la maestra te está por gritar, abrazala, decile que tenés voluntad, que te querés comunicar de una mejor manera”. El recurso funcionó, al menos para llegar hasta el final de primer grado.

Ese año Malena fue más a la escuela que Bruno. El problema, le dijeron las maestras, era que su hijo era intolerante al maltrato.

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El miedo a la denuncia no fue el único que tuvo Claudia, ni siquiera el más preocupante. No es lo mismo una familia que nunca escolarizó a sus hijos que otra acostumbrada al sistema escolar y que decide salir. La escena es un lugar común entre las del segundo grupo, especialmente si ni siquiera siguen un currículum preestablecido: niño o niña acostumbrado a ir a la escuela, padre o madre acostumbrado a llevarlo, decisión de desescolarizar, incertidumbre. El día, tarde o temprano, llega. Ya está, no hay más escuela. El padre o la madre se sienta en el living con el niño o la niña, se miran, quizás en silencio, todos se hacen la misma pregunta: y ahora, ¿qué?


—Al principio —dice Claudia— tenés el temor de que no aprenda nunca más nada, de que sea una burra. Alguien le tiene que enseñar las cosas, pensás. Después empezás a confiar en que va a aprender lo que necesite aprender cuando tenga ganas de aprender.


Eso es, en líneas generales, lo que llaman unschooling, una variante radicalizada del homeschooling que se basa en el aprendizaje sin intervención adulta.

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Melina Furman, investigadora del CONICET y doctora en Ciencias de la Educación por la Universidad de Columbia, tiene una mirada crítica respecto al unschooling. La educadora explica que las investigaciones científicas demuestran que los niños no pueden aprender sin la intervención adulta:

—Para aprender necesitamos de otros, y en general de otros que sean más expertos. Considerar que el aprendizaje sucede espontáneamente es una creencia ingenua, por ahí bien intencionada pero equivocada.


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Los niños circulan entre las dos habitaciones. Hay chicos pintando, otros juegan al Ludo, conversan, hacen guerras de almohadones. Algunos hacen todo eso al mismo tiempo. Malena está en la cocina, atenta, pero no interviene. Hay, detrás de esta práctica del dejar hacer, dos ideas centrales: generación espontánea –el aprendizaje sucede solo– y homeostasis –los niños se autorregulan–.


Varios de estos niños tienen agendas cargadas: danza, teatro, natación, piano, yoga. Para otros, en cambio, esta reunión de cuatro horas los viernes es su única actividad de la semana. Si hay tormenta, se suspende. No ocurre en todos los casos, pero algunos pueden pasar días enteros en sus casas, días en los que el único contacto que tienen con otras personas es con sus padres, días en los que todo lo que los rodea está dispuesto por sus padres, días en los que la totalidad de sus posibilidades está reducida al criterio de sus padres. Hacer homeschooling es una manera muy particular de ser hijo: es ser hijo todo el día, todos los días. Excepto los viernes de 15 a 19, si el clima acompaña.


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—¿Dejar la escuela fue una decisión tuya o de tu mamá?

—Lo que hizo que mi mamá se enojara con la escuela es que en una reunión la profesora le dijo que yo era intolerante al maltrato. Creo que eso no es ninguna enfermedad.

—¿Te gustaría volver, Bruno?

—Puede ser.

—¿Por qué?

—A veces pienso en la tarea y en el bullying y digo “mejor no”. Pero de vez en cuando me dan ganas de ir. No sé, de hacer algo más que no sea estar haciendo nada.

 

Esta crónica fue escrita entre septiembre y diciembre de 2019, como resultado de una investigación periodística llevada a cabo por el proyecto Fukó. Todas las fotos incluidas son analógicas y fueron tomadas por los y las chicos/as de la Casa de Botellas en el marco de la iniciativa “Autorretrato de la educación argentina”.