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"Una cooperativa es una forma de no estar solo": entrevista a Alexandre Roig, presidente del INAES

Actualizado: 16 jun 2021

Abrimos el ciclo sobre Industria, Innovación e Infraestructura (ODS 9) con una entrevista a Alexandre Roig, presidente del Instituto Nacional de Asociativismo y Economía Social (INAES). ¿Cuál es el aporte de las cooperativas al crecimiento económico en Argentina? ¿En qué se distinguen de las empresas comerciales tradicionales? ¿La pandemia abre una oportunidad para la expansión del cooperativismo en el mundo? ¿Qué rol cumple esta forma asociativa en la promoción del desarrollo sostenible?

Perfil del entrevistado:

Alexandre Roig (Montpellier, 1976) es doctor de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales en sociología económica del desarrollo (Francia) , máster del Instituto Universitario de Estudios sobre el Desarrollo de Ginebra (Suiza) y de la Universidad de Toulouse 1 (Francia), y diplomado del Instituto de Estudios políticos de Toulouse (Francia). Tiene una extensa trayectoria en la gestión académica: fue secretario académico de la UNSAM, ex-decano del Instituto de Altos Estudios Sociales (IDAES) e investigador del Centro de Estudios Sociales de la Economía (CESE) de la misma universidad. Es investigador del CONICET y ha publicado numerosas investigaciones nacionales e internacionales en el campo de los estudios sobre el desarrollo y acerca de la sociología económica del dinero, de la moneda y de las finanzas.


En el ámbito político, integra el Movimiento Evita y ha sido promotor de diversas iniciativas de la Unión de Trabajadores de la Economía Popular (UTEP). Previo a su función actual, se desempeñó como asesor de la Secretaría de Economía Social del Ministerio de Desarrollo Social de la Nación, desde la cual llevó adelante la creación del Registro Nacional de Trabajadores de la Economía Popular (RENATEP). En febrero de 2021, fue designado presidente del Instituto Nacional de Asociativismo y Economía Social (INAES), cargo que ocupa hasta la fecha.

Alexandre Roig asumió como presidente del INAES en reemplazo de Mario Cafiero, fallecido en septiembre de 2020. Foto: El Cronista

En términos de visión de la empresa, organización interna y modelo de negocios, ¿cuáles son las características distintivas de las cooperativas, que las vuelven particularmente diferentes a una sociedad comercial tradicional?


Las diferencias son muchas y sustantivas. En primer lugar, está la cuestión de la propiedad. En la cooperativa, la propiedad es social, no privada, y eso hace que todos los asociados tengan un interés común en el desarrollo de la empresa.


No todos los que forman parte de una empresa tradicional tienen el mismo interés. Ahí hay una potencia clave en el cooperativismo, de la cual se deriva un modelo de gestión. Como existe un interés común, todo el mundo participa de las decisiones colectivas. El modo de organización de la propiedad tiene un efecto sobre el modo de organización de la producción, que naturalmente lo lleva a una forma más democrática.


En segundo lugar, las cooperativas –y también las mutuales– se autoimponen obligaciones en términos de participación con la colectividad y con el bien común. Ello no necesariamente es así dentro de las empresas más tradicionales. Algunas lo pueden hacer, pero está más librado a su voluntad. En cambio, en una cooperativa o en una mutual, invertir parte del excedente en la comunidad o en la formación es parte de la condición de su existencia. Eso también es una característica distintiva.


Hay un montón de correlatos que se derivan de lo anterior y que plantean nuevas formas de innovación, otras maneras de pensar la transformación...


Dentro de las sociedades comerciales existe un creciente movimiento denominado "triple impacto" –o de beneficio e interés colectivo, también Empresas B– que, en un sentido similar a lo que comentamos recién sobre las cooperativas, también se propone generar un impacto positivo en la comunidad. ¿Observás un paralelismo entre ambos modelos de organización? ¿O incluso en este supuesto las empresas privadas van por un camino diferente al de las cooperativas?


Creo que ahí depende mucho de la forma en la cual se conceptualiza el sistema de obligaciones que tienen las empresas respecto de su entorno social, con el medioambiente, en temas de género... Sigue habiendo dentro del mundo empresarial una concepción mercantil de las obligaciones que toman las empresas. Tomo el ejemplo de la huella de carbono, en el cual lo que ocurre es que se compra un "derecho a poluir". Puede ser que tenga efectos en relación al medioambiente, pero no es la misma lógica que si vos lo estructurás en términos de un cuidado de la naturaleza u obligaciones ambientales. Son formas de obligar totalmente distintas.


Si bien puede parecer que tengan resultados similares, los valores sobre los cuales se funda cada uno de estos procesos dan cuenta de una forma de organización social distinta. Pensarlo de una forma conceptual u otra no es menor a la hora de discutir algunos efectos. Lo digo, sobre todo, para desandar un poco toda la teoría de las externalidades, que está en la base de buena parte de la perspectiva empresarial más tradicional y que supone esa idea del "adentro" y del "afuera". Dentro del cooperativismo, lo social está adentro de la cooperativa; no existe ese concepto de "externalidad". De ahí se desencadena una concepción en la cual la responsabilidad social tiene otras características.


En una entrevista relativamente reciente, mencionaste que cerca del 10% del PBI en Argentina surge del sector cooperativo y que hay alrededor de 26 millones de argentinos que están vinculados –de alguna manera u otra– al cooperativismo o al mutualismo. Para muchas personas, estas cifras sobre el aporte que hacen las cooperativas al desarrollo económico del país resultan bastante sorpresivas. ¿Por qué suele estar tan invisibilizado el impacto del cooperativismo en la economía?


Sorprende porque el imaginario social está partido en dos. Todo el mundo piensa que hay Estado o hay empresa de capital privado. Pero una empresa social también es una empresa. Más bien, la realidad social está partida en tres. Sin embargo, se percibe que está partida en dos por un proceso histórico en el que se organizó un conflicto entre Estado y mercado, que no se corresponde con la realidad social. En Argentina, desde hace tiempo, la sociedad se autoorganiza en servicios y producción. De hecho, existe una gran parte de trabajadores y trabajadoras que no están en relación de dependencia; es una población que va a ir creciendo cada vez más.


Dentro de esos 26 millones hay mucha gente que inclusive ignora que trabaja en una cooperativa. Buena parte de ese número remite a servicios públicos: agua, gas, electricidad, cloacas, conectividad. Por ejemplo, muchos argentinos creen que la energía solo es EDENOR y EDESUR. Pero la mayoría de los proveedores de electricidad son cooperativas. Lo mismo pasa con el transporte y con gran parte de la provisión de alimentos. Gran parte de los territorios en Argentina cuentan con servicios públicos gracias a las cooperativas: el país entero está cooperativizado y mutualizado.


El diagnóstico de por qué esa realidad está invisibilizada es largo, bien largo. Pero para mí un punto central es ese imaginario que está partido en dos, y hay que trabajar para que se lo empiece a concebir en tres.


El símbolo de los dos pinos (Twin Pines) fue adoptado en la década del 20' por la Alianza Cooperativa Internacional (ACI) como emblema de la organización. El pino, considerado desde la Antigüedad como imagen de la inmortalidad y de la fecundidad, representa la vida; al ser dos, simbolizan la hermandad, la unión, la solidaridad y la necesidad de un trabajo conjunto

Cuando te referís al concepto de “empresa social”, ¿lo interpretás como un sinónimo de cooperativa? ¿O se trata de un género más amplio, que no se agota en el cooperativismo?


Las fronteras conceptuales no son tan claras. Pero, en este caso, me estoy refiriendo a una empresa de capital social. Capital social significa que el capital y las personas no están separadas. Eso hace que exista una responsabilidad sobre el capital, porque capital no es más que trabajo acumulado. La responsabilidad sobre el trabajo acumulado es una responsabilidad colectiva, que no está en manos de un privado, en el sentido de que no está concentrado en una sola persona o grupo de accionistas (quienes supuestamente representan una voluntad colectiva por agregación).


En general, en el imaginario social se suele asociar el cooperativismo a empresas recuperadas o a pequeños emprendimientos vinculados a la economía popular. Sin embargo, como bien mencionabas recién, existen grandes emprendimientos cuya naturaleza cooperativa se desconoce. En los hechos, ¿cómo se distribuye el cooperativismo en Argentina, tanto en el ámbito urbano como en el rural? ¿Cuáles son los sectores que más participan en este movimiento?


Todavía carecemos de datos, aunque estamos avanzando mucho en su producción. Por un lado, está todo el cooperativismo de trabajo, en el cual se inscriben gran parte de las empresas recuperadas, cooperativas de producción... ahí hay todo un mundo. Después hay una parte que es cooperativismo de vivienda. También está el cooperativismo vinculado a la obra pública. Todo esto tiene mucho que ver con trabajo y producción.


Por otro lado, hay cooperativas que trabajan en sectores productivos específicos: textil, marroquinería, carpintería, etcétera. Estas cooperativas tienen características propias de los sectores a los que pertenecen.


Después está el cooperativismo agropecuario, que es enorme. De hecho, es una de las formas preponderantes en la organización de los productores en Argentina. Si dejamos de lado a los latifundistas, la mayoría de los pequeños productores están organizados en cooperativas. Los principales exportadores de granos del país –ACA y AFA [N. del R.: Asociación de Cooperativas Argentinas y Agricultores Federados Argentinos]– son cooperativas.


El 40% del seguro, por su parte, está garantizado por el sector cooperativo. A su vez, gran parte del sistema de salud está garantizado por el sistema mutual. En el caso del crédito de cercanía, gran parte está garantizado por el sistema mutual (en Santa Fe o Córdoba) o cooperativo (en la provincia de Buenos Aires).


En definitiva, las evaluaciones que nosotros tenemos están muy por debajo de la realidad, que sin dudas es superior al 10% del PBI.


Si bien sabemos que conceptualmente no es lo mismo una cooperativa que una mutual, ¿en la práctica el abordaje suele ser similar? ¿O existen diferencias relevantes en la implementación de las políticas que llevan adelante desde el INAES para cada una de estas formas asociativas?


En general, las mutuales están más vinculadas a servicios de seguros, de salud, de crédito y de ayuda económica. Las cooperativas, en cambio, están más vinculadas a servicios públicos, producción y trabajo. Estas diferencias tienen que ver con orígenes distintos. Pero sí, más allá de eso, hay mucha conexión.


Buena parte del sector agropecuario en Argentina se organiza a través de cooperativas. Foto: La Voz

En la última reunión informativa de la comisión de Asuntos Cooperativos, Mutuales y Organizaciones no Gubernamentales en el Congreso de la Nación, en la cual estuviste participando como invitado, hiciste referencia a una reforma a la Ley de Cooperativas que buscan impulsar desde el INAES. ¿Cuáles serían los principales puntos de esa reforma?


No es una reforma a la ley, sino a su reglamentación. Primero, estamos planteando la necesidad de garantizar un derecho a la matriculación, lo cual hoy no está previsto en la normativa vigente. Eso se traduce en cooperativas que se puedan constituir a partir de tres miembros. A su vez, planteamos una segmentación para poder distinguir entre grandes y pequeñas cooperativas. Esto último implicaría un régimen de fiscalización diferenciado: es decir, dejar de pedirle lo mismo a una cooperativa de trabajo de seis personas que a una gran aseguradora. Debemos procurar una segmentación más realista.


También proponemos un sistema de apoyo a las pequeñas cooperativas para que puedan estar en regla. Junto con ello, simplificaciones administrativas para trámites únicos frente al INAES, a la AFIP, a la UIF y al Ministerio de Trabajo. Que el INAES sea el proveedor de información para el Estado, de modo que eso implique una gestión más ágil para el administrador. En definitiva, es una batería de medidas; estas son solo algunas de las que estamos trabajando.


Hablemos acerca del impacto de la pandemia en el ámbito del cooperativismo. ¿Notaste que hubo sectores cooperativos más afectados que otros? ¿Considerás que la actual crisis económica y sanitaria impactó en las cooperativas de un modo diferente a las empresas tradicionales?


No necesariamente. Aquellos que se vieron beneficiados por este proceso lo hicieron con independencia de su forma organizativa. Y para los que se vieron perjudicados, ello ocurrió sea cual fuere su manera de organización. La diferencia ahí es que muchas cooperativas cuentan con una banca colectiva que les permite aguantar más. Precisamente, aguantan más por ese mecanismo de solidaridad que subyace al interior de la economía social.


¿Cuáles son las medidas que están impulsando desde el INAES para asistir a las cooperativas en el contexto de la pandemia?


Por un lado, trabajamos para que las líneas del gobierno que atienden al sector de los trabajadores y las PyMES incorporen a las cooperativas. Ese es un primer eje de trabajo.


Otro eje, más propio del INAES, tiene que ver con el desarrollo de un fondo de desendeudamiento. Entendemos que muchas de las cooperativas van a terminar este proceso con distintos niveles de deuda, y vamos a tener que ayudarlas a recomponerse.


A su vez, durante la pandemia, estamos viendo una multiplicación de demandas de matriculación. En este sentido, pese a que subrayo siempre que cooperativismo y mutualismo no son solo herramientas de crisis, lo cierto es que permiten atravesar la tormenta de manera mucho más virtuosa que otras formas de organización. Por eso, en este contexto, vemos que aumenta la cantidad de cooperativas.


Moviéndonos ahora hacia una mirada más regional, ¿cómo ves el panorama del cooperativismo a nivel latinoamericano? ¿Considerás que en el contexto de crisis en el que nos encontramos se puede abrir una oportunidad para la expansión del cooperativismo?


No solo una oportunidad, sino también una necesidad. Hace unos días tuve una reunión con la CEPAL, en la que estábamos todos los responsables de cooperativismo y mutualismo en América Latina, y vimos que el diagnóstico es el mismo en todos lados.


Fuera del cooperativismo y del mutualismo, no hay muchas otras figuras que permitan un proceso de reconstrucción rápida. Y ello se debe a que no existen mil formas de organizar el trabajo: o son individuos aislados, o son sociedades comerciales (SA, SRL, etcétera), o son cooperativa/mutuales, o es el Estado.


En el cooperativismo y en el mutualismo tenés muchas virtudes: entre otras cosas, que hay colectivos. Para salir de la crisis, como dice el presidente, "nadie se salva solo". Una cooperativa es una forma de no estar solo.


Además, el cooperativismo tiene grandes virtudes en términos de cómo circula el dinero, privilegia circuitos de producción nacionales y locales, y beneficia en primer lugar a los trabajadores y a la comunidad.


Sin embargo, a pesar de las ventajas que tiene el cooperativismo, tiende a ser una forma asociativa que continúa muy vinculada a la economía popular y a pequeños emprendimientos. Si bien existen algunas excepciones, pareciera ser pocos los casos de grandes empresas que están organizadas como cooperativas o que en la práctica funcionan como tales. ¿Por qué cuesta tanto pensar en grandes empresas –incluso transnacionales– que adopten una forma de organización cooperativa?


Creo que allí hay un problema de desconocimiento del sector. Hay muchísimas cooperativas grandes: Credicoop, Sancor Seguros, San Cristóbal, ACA, AFA... Si hacemos una lista de las cooperativas argentinas, vamos a ver que el número no es tan distinto a la lista de grandes empresas. Además, tampoco es que la lista de empresas es tan grande (me refiero a las grandes que se conocen). Es cierto que hay más empresas grandes que cooperativas, pero si uno empieza a armar la lista y observa las que más circulan en el espacio público, la diferencia de cantidad no es tan alta.


A nivel mundial, en este momento, la principal banca de Alemania es una cooperativa. El sector cooperativo en los países escandinavos es de los más importantes. En China hay cientos de miles de cooperativas. En Corea del Sur, lo mismo. Hay un montón de experiencias cooperativas... Es más, el presidente de la Alianza Cooperativa Internacional (ACI) es un argentino, Ariel Guarco. O sea, ahí hay todo un mundo para conocer, que tiene una potencia enorme.


Estoy seguro de que cualquiera de los dirigentes de las grandes cooperativas podría explicar mejor que yo las virtudes de tener una gran empresa organizada con esta forma asociativa. Por ejemplo, el caso de Credicoop es impresionante: por lejos, es el banco que mejor atravesó la crisis del 2001. También pienso en la Cooperativa Obrera, en Bahía Blanca, que es una cooperativa de distribución. Son muchas las oportunidades que hay en el cooperativismo, y es una herramienta que merece ser más explotada.


Como sabés, en Ciclos nos planteamos el objetivo de impulsar la agenda del desarrollo sostenible. Por lo tanto, una pregunta obligada para cerrar es la siguiente: ¿creés que las cooperativas constituyen un actor fundamental para la consecución de un desarrollo sostenible? En este sentido, ¿de qué modo los valores del cooperativismo pueden promover una economía que sea más justa, más inclusiva y, sobre todo, más sostenible?


Estoy convencido de que el cooperativismo, conjuntamente con el Estado, es el sector que puede garantizar la concreción de estos objetivos. Los mecanismos que establecimos a nivel internacional para tratar de orientar a las empresas hacia otro lado, por ahora, resultaron ineficientes. Dejando de lado la hipótesis del laboratorio de Wuhan, ¿quién causó la pandemia? Lo mismo con el calentamiento global, que aunque ahora estemos hablando menos, es un tema que no desapareció de la agenda. Si es cierta la hipótesis de que efectivamente parte de los ecosistemas se vieron perturbados por los modelos de explotación productiva que existen a través de empresas que se rigen en función de una acumulación ilimitada del capital, entonces ahí tenemos un problema.


Desde hace tiempo sabemos que las mismas causas producen los mismos efectos. O nos hacemos cargo de un principio de realidad, o nos seguimos engañando con que las mismas causas, tal vez, en algún momento, produzcan otros efectos, y entonces esperamos que algún día llegue alguna tecnología que nos salve. Ese milenarismo profético tecnológico tiene patas cortas cuando se confronta con la realidad. Es hora de asumir que las organizaciones portadoras de la transformación son aquellas que desde hace años defienden los valores del bien común.


Eso no significa terminar con todas las formas organizativas que están en contra, pero sí es importante buscar la proporcionalidad. Una sociedad en la que la mayoría del tejido productivo sea cooperativo y/o mutual seguramente va a ser una sociedad más justa. Mayoría no es todo, sino una cantidad suficiente para orientar a la sociedad hacia otro lado.


¿Cualquier emprendimiento, si se lo propusiera, contaría con la capacidad de convertirse en una cooperativa? ¿O existen modelos de negocios que resultan incompatibles con esta forma asociativa?


Cualquier empresa se puede constituir o transformar en una cooperativa. Es un proceso de aprendizaje. De la misma manera que todo empresario privado aprendió a serlo –ninguno "nació empresario"–, un colectivo aprende a ser una cooperativa. En este sentido, todos podemos formar parte de cooperativas o mutuales.


Después hay otras preguntas que podemos plantearnos. Por ejemplo, ¿todo tiene que ser cooperativa o mutual? No necesariamente. No es un imperativo. Desde el punto de vista del objetivo de una sociedad más justa, vivir en forma cooperativa (y no digo solo trabajar, porque hay algo que va más allá del trabajo) es ser testigo de un modo de vida diferente. Una vida que, en lugar de respetar un orden jerárquico, permite discutir con otros.


Por supuesto, esto tiene ventajas e inconvenientes. Hay gente que prefiere que exista alguien que decida en su lugar. Pero hay otros que prefieren debatir y que las decisiones se tomen colectivamente. En mi caso, soy defensor del debate y de la discusión colectiva, porque la considero virtuosa.


De vuelta, tampoco se trata de señalar ni estigmatizar al modelo de la empresa privada, que tiene su eficiencia y su camino de innovación y resolución de problemas. Hay que encontrar justos equilibrios en la sociedad, cosa que hoy no ocurre. Ya tenemos pruebas de sobra de que si dejamos todo en manos de las empresas privadas, el devenir de la sociedad es un devenir oscuro.


Bandera tradicional del cooperativismo, adoptada por la ACI en 1925. Sus colores y su formato son muy similares a los de la bandera del Orgullo LGBTI, con la diferencia de que en este caso se incluye una franja celeste entre el verde y el índigo.